La corteza cerebral es la parte más reciente de nuestro cerebro en términos de evolución. Cubre tanto el cerebro reptiliano (instintos) como el límbico (emociones). Hace aproximadamente 100 millones de años, el cerebro humano dio un gran salto evolutivo con la aparición de la corteza cerebral, lo que nos permitió desarrollar la capacidad de pensar de forma abstracta.
Como señala Larocca (2008), la corteza cerebral no solo es el área más accesible del cerebro, sino que también es la más distintivamente humana. Gran parte de nuestro pensamiento, lenguaje, imaginación, creatividad y capacidad de abstracción dependen de esta región.
La corteza cerebral tiene funciones clave, como moderar las reacciones emocionales que provienen del cerebro límbico y establecer planes de acción en situaciones de emergencia. En resumen, nos ayuda a determinar si nuestras emociones son adecuadas para la situación y si nuestros instintos están bien fundamentados. Es la cuna de la invención y la fuente de pensamientos abstractos, lo que nos permite analizar, planificar y crear.
Al dividirse la corteza cerebral, surgen los dos hemisferios cerebrales, el izquierdo y el derecho, conectados por el cuerpo calloso. Cada hemisferio controla el lado opuesto del cuerpo: el hemisferio derecho controla el lado izquierdo y el hemisferio izquierdo controla el lado derecho.
El hemisferio derecho se caracteriza por ser el centro de la creatividad y los sueños. Aquí se generan ideas, emociones y se procesan actividades relacionadas con la imaginación, la fantasía, la inspiración, y el arte, como la poesía, la música y la interacción social. Este hemisferio es también el responsable de nuestra espontaneidad y pensamiento visual.
Por otro lado, el hemisferio izquierdo está enfocado en la lógica, el análisis y la organización. Es el responsable del lenguaje, la memoria secuencial y el pensamiento racional. Aquí se encuentran las habilidades de cálculo, estructura y control, fundamentales para el análisis y la resolución de problemas prácticos.
A pesar de que cada hemisferio tiene funciones especializadas, numerosos estudios demuestran que el trabajo conjunto de ambos hemisferios es lo que determina el éxito final. Si una persona se enfoca únicamente en un hemisferio, por muy buena que sea en su área, se volverá inefectiva. Es aquí donde una gran fortaleza puede convertirse en una debilidad.
Un experto en finanzas, contabilidad o leyes, áreas dominadas por el hemisferio izquierdo, necesitará desarrollar habilidades socioemocionales para interactuar eficazmente con su equipo. Si se enfoca solo en el control y el análisis, sin prestar atención a las relaciones humanas, puede convertirse en un líder autoritario, agotando a su equipo.
Por otro lado, una persona altamente creativa y espontánea, dominada por su hemisferio derecho, deberá aprender a organizarse, cumplir con fechas de entrega y aterrizar sus ideas en un plan estructurado. De lo contrario, su productividad será limitada, y sus resultados, inconsistentes.
Como concluye Chavarría (2014): “Aunque razonemos con el lado izquierdo y soñemos con el derecho, nuestro éxito como especie radica en la continua comunicación y coordinación entre ambos hemisferios cerebrales” (p. 380).